Teníamos una amistad única, eso era claro, desde el primer curso, pasaron siete años y seguíamos haciéndonos cada vez más cercanas. Nada cambió cuando al octavo año de nuestra amistad, y el último año de la primera etapa que significaba la educación básica, su hermano mayor se me acercó un día soleado en el campo. Karim era parecido a mi amiga en muchas cosas, su tez blanca y sus labios rosados y atractivos, su cara cubierta de lunares, sus ojos verdes de largas pestañas, sus dientes relucientes y hermosos, acababan de quitarle los aparatos. No pasó mucho, me gustaba, y yo a él, de alguna manera, yo no entendía aun el mecanismo de las cosas, pero se habían dado de manera sutil y poco empalagosa, la cantidad justa de incomodidad. Y mi mejor amiga no estaba asustada ni asqueada, de hecho estaba contenta, y los tres disfrutábamos el tiempo de manera increíble.
Ése día eran las las cinco de la mañana, casi todos estaban ya dormidos en sus camas, y estábamos, yo y él, quedándonos sin temas de conversación.
"Mañana va a ser divertido." susurró, no queríamos que nadie se despertara. Sentados uno junto al otro en el sillón junto a la chimenea, habíamos compartido una botella de cerveza y comido manís salados, su brazo estaba abrazando mi espalda y una de mis manos descansaba sobre su pecho. Se levantó despacio y me besó con exquisita lentitud y calma, todo aquello me recordaba a él y su infinita paciencia. En un rato me metí en su cama y esperé por él, al escuchar sus pasos pretendí estar dormida. Pronto su cuerpo envolvió en un abrazo al mío y me estremecí. Así sucedió la noche.
Ellos eran casi mi familia, yo así me sentía. Los años pasaban y simplemente nos volvíamos más cercanos. Para el tiempo que mi mejor amiga y yo teníamos diecisiete, ese otoño ella estaba ayudando en un grupo de voluntarios, yo estaba en casa, era de noche, la tele estaba en las noticias y yo estaba mirando la pantalla de mi computadora indiferentemente. De pronto todo hizo 'clic', escuché un nombre familiar...
Lo siguiente fue correr por mi teléfono e intentar comunicar a mi novio. '¿Karim...?'
Su respiración agitada, entrecortada, pequeños gemidos de sufrimiento en el vacío frío de la línea.
'Ella... -forzó su voz en el aparato, apretándolo entre las manos, cerrando con fuerza los ojos- el auto se ha estrellado, seis de ellos...'
Estalló en llanto, y también lo hice yo. Me estremecí, mi cuerpo entero tembló, me quebré. Se habían llevado una parte de mí...
Entrada la noche entré en la sala de espera lentamente, él estaba sentado allí, solo, sus padres, no sabía en qué estado, se habían llevado a su hermano pequeño. Se cubría el rostro con las manos, sus ojos estallaban rojos, sus mejillas húmedas y cálidas, parecía tener fiebre, desde mi posición lo escuchaba sollozar. Me acerqué, me senté a su lado y lentamente busqué su mano. Él la estrechó, sin mirarme, sin moverse, casi, apretó mi mano con fuerzas, y lloró. Y también lo hice yo.
No dormimos durante dos días, el primero fue el día en que velamos en una parroquia pequeña, nunca pensamos que iba a asistir tanta gente, pero era comprensible, nunca conocí a nadie que desagradara de mi mejor amiga, la persona más simple, la más honesta, la más amigable, la más sincera... Flores, y flores, y saludos, abrazos, llantos... No estábamos solos. Ninguno de los que alguna vez tuvimos la suerte de estar cercano a ella. Ella, Laura, mi mejor amiga, jamás estuvo sola. Jamás iba a estarlo.
El segundo día fue el día de la misa. Karim y su madre aun llevaban lentes oscuros, pero todos iban bien vestidos, yo estaba a su lado, en un vestido negro simple, fúnebre. Él llevaba traje y sus zapatillas aventureras... Tenía la mirada perdida, los labios secos, sus lindos labios. Se mantenía en silencio si no hablaba con sus padres o su hermano pequeño, a veces sus primas, pocas veces conmigo. Sostenía mi mano en todo momento, mas se abstuvo de besarme o tocarme por dos meses, quizás más. Era un tanto difícil pensar que quizás nada jamás volvería a ser como antes, pero yo lo comprendía, y esperaría.
Al siguiente fin de semana no me llamó para acompañarle al cementerio. Esperé... fui al día siguiente, por la tarde, con flores, sabiendo que él no iba a estar allí. Y concurrieron días...
En nuestra historia de amor, aquella que ocurrió en un lugar junto al mar, con un poco de violencia en el viento y trozos de cristal, allí donde gira el huracán, con poder de azotar los cuatro vientos y entrar en tu casa... Me gustaba sentir la brisa del mar, me recordaba lo que estaba vivo. Apoyaba los brazos en la baranda del mirador y sacaba las rodillas hacia las rocas bajas.
Oí sus pasos arrastrando la arena tras de mí, le reconocí enseguida. Se quedó de pie a mi lado, y de pronto, como si nada, comenzó a disculparse.
'No tienes que disculparte por nada...' le dije. De una u otra manera me había preparado para afrontar aquel momento.
La brisa se levantó y alborotó mi cabello negro. Sus cansados ojos verdes se entrecerraron, había descendido hasta mi altura. Sonreí por inercia, su cara, su presencia, todo de él me llenaba de esperanza.
No dijo nada, posó su mano sobre la mía con suavidad y me besó, ciertamente no fue una despedida, y eso me hizo feliz. Al retroceder sus labios detuve con una de mis manos su cara cerca de la mía. Su hermosa sonrisa se hizo presente, y es que la había extrañado.
'Te quiero.' Susurró. 'No te vayas jamás'.
Jamás lo haría, jamás. No permitiría que alguien más se fuera de su vida.
Lo siguiente fue correr por mi teléfono e intentar comunicar a mi novio. '¿Karim...?'
Su respiración agitada, entrecortada, pequeños gemidos de sufrimiento en el vacío frío de la línea.
'Ella... -forzó su voz en el aparato, apretándolo entre las manos, cerrando con fuerza los ojos- el auto se ha estrellado, seis de ellos...'
Estalló en llanto, y también lo hice yo. Me estremecí, mi cuerpo entero tembló, me quebré. Se habían llevado una parte de mí...
Entrada la noche entré en la sala de espera lentamente, él estaba sentado allí, solo, sus padres, no sabía en qué estado, se habían llevado a su hermano pequeño. Se cubría el rostro con las manos, sus ojos estallaban rojos, sus mejillas húmedas y cálidas, parecía tener fiebre, desde mi posición lo escuchaba sollozar. Me acerqué, me senté a su lado y lentamente busqué su mano. Él la estrechó, sin mirarme, sin moverse, casi, apretó mi mano con fuerzas, y lloró. Y también lo hice yo.
No dormimos durante dos días, el primero fue el día en que velamos en una parroquia pequeña, nunca pensamos que iba a asistir tanta gente, pero era comprensible, nunca conocí a nadie que desagradara de mi mejor amiga, la persona más simple, la más honesta, la más amigable, la más sincera... Flores, y flores, y saludos, abrazos, llantos... No estábamos solos. Ninguno de los que alguna vez tuvimos la suerte de estar cercano a ella. Ella, Laura, mi mejor amiga, jamás estuvo sola. Jamás iba a estarlo.
El segundo día fue el día de la misa. Karim y su madre aun llevaban lentes oscuros, pero todos iban bien vestidos, yo estaba a su lado, en un vestido negro simple, fúnebre. Él llevaba traje y sus zapatillas aventureras... Tenía la mirada perdida, los labios secos, sus lindos labios. Se mantenía en silencio si no hablaba con sus padres o su hermano pequeño, a veces sus primas, pocas veces conmigo. Sostenía mi mano en todo momento, mas se abstuvo de besarme o tocarme por dos meses, quizás más. Era un tanto difícil pensar que quizás nada jamás volvería a ser como antes, pero yo lo comprendía, y esperaría.
Al siguiente fin de semana no me llamó para acompañarle al cementerio. Esperé... fui al día siguiente, por la tarde, con flores, sabiendo que él no iba a estar allí. Y concurrieron días...
En nuestra historia de amor, aquella que ocurrió en un lugar junto al mar, con un poco de violencia en el viento y trozos de cristal, allí donde gira el huracán, con poder de azotar los cuatro vientos y entrar en tu casa... Me gustaba sentir la brisa del mar, me recordaba lo que estaba vivo. Apoyaba los brazos en la baranda del mirador y sacaba las rodillas hacia las rocas bajas.
Oí sus pasos arrastrando la arena tras de mí, le reconocí enseguida. Se quedó de pie a mi lado, y de pronto, como si nada, comenzó a disculparse.
'No tienes que disculparte por nada...' le dije. De una u otra manera me había preparado para afrontar aquel momento.
La brisa se levantó y alborotó mi cabello negro. Sus cansados ojos verdes se entrecerraron, había descendido hasta mi altura. Sonreí por inercia, su cara, su presencia, todo de él me llenaba de esperanza.
No dijo nada, posó su mano sobre la mía con suavidad y me besó, ciertamente no fue una despedida, y eso me hizo feliz. Al retroceder sus labios detuve con una de mis manos su cara cerca de la mía. Su hermosa sonrisa se hizo presente, y es que la había extrañado.
'Te quiero.' Susurró. 'No te vayas jamás'.
Jamás lo haría, jamás. No permitiría que alguien más se fuera de su vida.