de buscar alternativas para evadir recuerdos.
Al
cruzar la puerta de abordaje no me sentía segura lista para dejar todo
atrás,
aun sabiendo que comenzar una nueva vida en un nuevo lugar era
lo más saludable que podría hacer. Mi equipaje de mano colgaba de mi brazo al
compás de de mis pasos livianos sobre la alfombra. Miré mis pies bajo el abrigo
negro que me cubría del frío invernal, bajo el que llevaba un vestido azul
simple.
Subí al avión con la mirada clavada en el ticket que llevaba
anotado el número de mi asiento. El vuelo 304 con destino a Nueva York. Evadí
todas las miradas hasta llegar a mi lugar junto a la ventana, miré hacia la
ventana, abajo, las diminutas personas despedían a mis compañeros de vuelo, y
yo sabía que él hubiera estado allí para despedirme y poner esa cara de ángel
que me haría querer quedar en aquella pequeña ciudad para siempre. Pero todo el
mundo, incluso mi terapeuta, creía que lo más saludable era mantenerme alejada
de las relaciones de pareja. Yo lo sabía, él lo sabía, todo el mundo lo sabía y
era por eso que ahora abordaba el vuelo, para alejarme de él y de todo el
escenario complicado en que mi vida se había convertido.
“Estará bien” repetí en mi mente varias veces, cerrando los ojos
y descansando mi espalda en el respaldo del asiento. Me esperaban largas horas
de viaje y era inevitable que me sintiera indefensa y sola. Nunca había sido de
otra manera.
“Estará bien”, volví a repetir, antes de que el sonido de mi
teléfono me sacara de golpe de mis pensamientos positivos. Lo busqué en
la cartera y me encontré con un número desconocido.
Contesté cautelosamente.
— ¿Quién habla?
—Cherry... —una voz opaca, intensa, una voz que no tardé en
reconocer. No dije nada, aguardé por lo que fuera que él tuviera que decir.
—No puedes irte... —dijo luego de unos segundos de silencio
incómodo. Los silencios incómodos eran nuestra especialidad. —No puedes dejarme,
cariño...
Apreté los ojos con fuerza.
—Es tarde... — susurré en un hilo de voz.
— ¡No lo es! Nunca lo es...
No podía salirme con esto. Lo habíamos intentado demasiadas
veces, sin ningún progreso, pero turbulencias en las vidas de ambos.
—No es hora de tu positivismo. El vuelo está por partir y todo
esto va a terminar de una vez.
—No puedes hacerme esto, Cherry, sabes que no puedo hacerlo solo
—Vas a tener que hacerlo —me mantuve firme.
Nunca fui una persona soberbia, pero debía ser fuerte por los
dos, ya que él nunca estuvo frente a la realidad. Tomé mi bolso y me levanté en
dirección al baño del avión. Estaba entre el primer y segundo pasillo.
—Por favor baja —replicó su voz abatida— Prometo hacerlo bien
esta vez. Prometo...
—Basta —lo interrumpí.
Él era testarudo, siempre lo había sido.
—Cherry...
Y es que nunca nadie pudo pronunciar mi nombre en la forma en
que él lo hacía, y sus margaritas se dejaban ver cada vez que reía con nuestras
tantas bromas. Y no es como si yo lo necesitaba, pero era como un compañero de
caminatas y conversaciones e historias y aventuras. Era inigualable. Y tampoco
era como si iba a reemplazarlo alguna vez. Su sonrisa tierna y sus ojos azules,
su cabello peinado y sus camisas prolijas y siempre planchadas. Incluso la cara
que tenía cuando volvía de un largo viaje, y tenía ojeras y caía en la cama
exhausto, y yo acariciaba su cabello y le preparaba la cena y llenaba su taza,
éramos felices y yo estaba a salvo con él en casa.
Y aun cuando todo era disfuncional y su positivismo iba contra
mi naturaleza, lo quería. Y éramos felices así.
Mitchell había comenzado a ver a Tessa a principios de ése mismo
año, y dos meses más tarde, con ojos llorosos, me había dicho que lo nuestro
había dejado de ser lo mismo.
Y nunca me había sentido tan vulnerable. Incluso aquella noche,
cuando entre sus brazos cálidos le confesé que nunca había confiado tanto en
alguien.
Ése mismo día él empacó sus cosas y me aseguró que alguien como
yo no merecía sufrir por alguien como él. Pero yo sabía que él no tenía la más
mínima idea de que en aquella casa había demasiado espacio para mí y mis
inseguridades. Estuve sola por días, y si no fuese por Caroline hubiera muerto
sola y desquiciada en ese lugar. No podía dormir, ni comer, ni hacer nada
realmente, y al mismo tiempo sabía que era la terrible soledad que comenzaba a
consumirme. Que él ya no estaba allí, pero su esencia se hacía presente en cada
lugar.
—Vas a estar bien— decía Caroline, mientras me estrechaba entre
sus brazos trigueños, y el verano daba paso al otoño y el frío se volvía parte
de mí y el cuero del sillón que llevaba tantas historias puestas.
—Lo dices porque has tenido el mismo novio desde la secundaria—
dije despechada—. Tú no entiendes que Mitchell es lo único que he tenido en mi
vida que ha sido real, y me ha dejado por una pelirroja que modela desde los
siete.
Rompí a llorar una vez más, con la imagen de él y Tessa en mi
mente.
Aquel otoño fue tan triste que daría las gracias de que él no
estuvo allí para verme de esa forma. Él siempre daría todo por verme feliz, y
ahora se había ido y se había llevado junto a él toda mi felicidad. Mi efímera
felicidad.
No creo que fuera posiblemente entendible por el mundo cuánto
abarcaba mi amor por él, cuánto lo necesitaba, para sentirme bien, conmigo, con
nosotros, feliz, sentirme como una persona. Tampoco creo que alguna vez
superarlo u olvidarlo, y lo comprendí entre ese otoño y las semanas siguientes,
cuando se apareció en mi puerta nuevamente, con los ojos de cachorro... Se
había cortado el cabello, llevaba pantalones oscuros y una camisa azul a
cuadros. Siempre había cuidado mucho su imagen, sin llegar a ser un chico
engreído u ego maníaco. Simplemente siempre había sido lindo.
Yo iba descalza, despeinada, con una camiseta sin mangas y
leggins cubiertos de los pelos blancos de mi gato.
—Hola —dijo él.
Mis ojos se llenaron de lágrimas y me temblaron las rodillas.
— ¿Qué haces aquí? —pregunté, mi voz sonó más áspera de lo que
hubiera querido.
—Dejé a Tessa —susurró.
—Oh —dejé salir, sorprendida. En mi mente ellos eran la pareja
perfecta, se casarían en Las Vegas, serían felices por siempre y morirían
juntos.
—Tú eres a quien quiero —dijo mirándome con una cara aflijida.
—Tú eres a quien siempre he querido y he sido un tonto por no haberme dado
cuenta antes... Te quiero de vuelta, y comprenderé si ya no es momento de
volver, pero yo realmente...
No dejé que acabara y me abalancé a sus brazos desesperadamente.
Lo llené de abrazos y besos y juró que nunca volvería a dejarme, y yo le creí.
Y es que lo necesitaba tanto...
Dicen que cuando algo se rompe, nunca vuelve a ser igual, y
aunque yo no era del tipo de persona que se dejara llevar por lo que los demás
decían, decidí que lo mejor que podía hacer era volver a empezar como si nada
hubiera pasado.
—No volverá a suceder. No quiero que me sigas. Quiero que me
dejes en paz —dije, y en mi mente estábamos recostados sobre el césped
escuchando música, un audífono cada uno, sosteniéndonos de la mano. —Estoy bien
por mi cuenta. No te necesito.
Algo se apretó en mi garganta, amargo, mentir, pues lo
necesitaba tanto como hace un año y más, y lo haría siempre.
Silencio.
Un silencio frío, cortante. Ni él ni yo dijimos nada.
—Está bien —acabó por decir luego de unos segundos que
parecieron horas con el teléfono en la mano en el estrecho baño del avión.
—Está todo bien.
Y la llamada se cortó, y fue tiempo de que me encontrara a mí
misma sola nuevamente. Guardé el teléfono en la cartera y volví a mi asiento en
el primer pasillo.
Por el altavoz se anunció el despegue, me ajusté el cinturón y
me puse los audífonos. Iban a ser horas de vuelo sola y prefería no pensar en
nada. Cerré los ojos y dejé que la música de YACHT me llevara a mi lugar feliz.
De pronto me alarmó el peso de alguien que se dejó caer en el
asiento continuo al mío.
Fue una sorpresa, un acontecimiento, encontrarme con su cara.
— ¿Qué haces aquí? —pregunté totalmente confundida.
—Voy contigo —me respondió como si fuese obvio.
No dije nada, me removí el cinturón y me puse de pie.
— ¿A dónde vas? —dijo él, poniéndose de pie frente a mí.
—No voy a ir en el mismo avión que tú.
—Cerraron las puertas, abordé de último momento.
Resoplé enojada mientras volvía a mi asiento.
—Cherry —susurró—, escucha...
—No quiero excusas. Ni mentiras. Ya tengo suficiente con que me
hayas seguido hasta aquí.
Volví la cara hacia el cristal una vez más.
—Yo sé que me necesitas —dijo— tanto como yo a ti, quizás ni
siquiera tanto. Te prometí que no te dejaría.
Me llevé una mano a la cara. De hecho así era, llevábamos años
juntos. Siempre juntos, ante todo.
—No voy a estar bien sin ti —dijo— Sólo funciono si estoy
contigo. Y sé que piensas lo mismo, cariño, podemos ser tan felices. Juntos.
Cómo podía. Cómo usaba las palabras que estaban en mi mente y
reprimidas. Lo miré con los ojos vidriosos.
—No va a funcionar —susurré.
—Nunca lo ha hecho —dijo él.
Y estaba en lo correcto. Quizás disfuncional era como
funcionaban las cosas para nosotros. No éramos perfectos, pero eso estaba bien.
Podríamos vivir así. Hasta ahora, ya lo habíamos hecho.