lunes, 6 de febrero de 2012

era casi dosmildoce III


de buscar alternativas para evadir recuerdos.




Al cruzar la puerta de abordaje  no me sentía segura lista para dejar todo atrás,
aun sabiendo que comenzar una nueva vida en un nuevo lugar era lo más saludable que podría hacer. Mi equipaje de mano colgaba de mi brazo al compás de de mis pasos livianos sobre la alfombra. Miré mis pies bajo el abrigo negro que me cubría del frío invernal, bajo el que llevaba un vestido azul simple.

Subí al avión con la mirada clavada en el ticket que llevaba anotado el número de mi asiento. El vuelo 304 con destino a Nueva York. Evadí todas las miradas hasta llegar a mi lugar junto a la ventana, miré hacia la ventana, abajo, las diminutas personas despedían a mis compañeros de vuelo, y yo sabía que él hubiera estado allí para despedirme y poner esa cara de ángel que me haría querer quedar en aquella pequeña ciudad para siempre. Pero todo el mundo, incluso mi terapeuta, creía que lo más saludable era mantenerme alejada de las relaciones de pareja. Yo lo sabía, él lo sabía, todo el mundo lo sabía y era por eso que ahora abordaba el vuelo, para alejarme de él y de todo el escenario complicado en que mi vida se había convertido.

“Estará bien” repetí en mi mente varias veces, cerrando los ojos y descansando mi espalda en el respaldo del asiento. Me esperaban largas horas de viaje y era inevitable que me sintiera indefensa y sola. Nunca había sido de otra manera.

“Estará bien”, volví a repetir, antes de que el sonido de mi teléfono me sacara de golpe de mis pensamientos positivos.  Lo busqué en la cartera y me encontré con un número desconocido.

Contesté cautelosamente.

— ¿Quién habla?

—Cherry... —una voz opaca, intensa, una voz que no tardé en reconocer. No dije nada, aguardé por lo que fuera que él tuviera que decir.

—No puedes irte... —dijo luego de unos segundos de silencio incómodo. Los silencios incómodos eran nuestra especialidad. —No puedes dejarme, cariño...

Apreté los ojos con fuerza.

—Es tarde... — susurré en un hilo de voz.

— ¡No lo es! Nunca lo es...

No podía salirme con esto. Lo habíamos intentado demasiadas veces, sin ningún progreso, pero turbulencias en las vidas de ambos.

—No es hora de tu positivismo. El vuelo está por partir y todo esto va a terminar de una vez.

—No puedes hacerme esto, Cherry, sabes que no puedo hacerlo solo

—Vas a tener que hacerlo —me mantuve firme.

Nunca fui una persona soberbia, pero debía ser fuerte por los dos, ya que él nunca estuvo frente a la realidad. Tomé mi bolso y me levanté en dirección al baño del avión. Estaba entre el primer y segundo pasillo.

—Por favor baja —replicó su voz abatida— Prometo hacerlo bien esta vez. Prometo...

—Basta —lo interrumpí.

Él era testarudo, siempre lo había sido.

—Cherry...

Y es que nunca nadie pudo pronunciar mi nombre en la forma en que él lo hacía, y sus margaritas se dejaban ver cada vez que reía con nuestras tantas bromas. Y no es como si yo lo necesitaba, pero era como un compañero de caminatas y conversaciones e historias y aventuras. Era inigualable. Y tampoco era como si iba a reemplazarlo alguna vez. Su sonrisa tierna y sus ojos azules, su cabello peinado y sus camisas prolijas y siempre planchadas. Incluso la cara que tenía cuando volvía de un largo viaje, y tenía ojeras y caía en la cama exhausto, y yo acariciaba su cabello y le preparaba la cena y llenaba su taza, éramos felices y yo estaba a salvo con él en casa.

Y aun cuando todo era disfuncional y su positivismo iba contra mi naturaleza, lo quería. Y éramos felices así.

Mitchell había comenzado a ver a Tessa a principios de ése mismo año, y dos meses más tarde, con ojos llorosos, me había dicho que lo nuestro había dejado de ser lo mismo.

Y nunca me había sentido tan vulnerable. Incluso aquella noche, cuando entre sus brazos cálidos le confesé que nunca había confiado tanto en alguien.

Ése mismo día él empacó sus cosas y me aseguró que alguien como yo no merecía sufrir por alguien como él. Pero yo sabía que él no tenía la más mínima idea de que en aquella casa había demasiado espacio para mí y mis inseguridades. Estuve sola por días, y si no fuese por Caroline hubiera muerto sola y desquiciada en ese lugar. No podía dormir, ni comer, ni hacer nada realmente, y al mismo tiempo sabía que era la terrible soledad que comenzaba a consumirme. Que él ya no estaba allí, pero su esencia se hacía presente en cada lugar.

—Vas a estar bien— decía Caroline, mientras me estrechaba entre sus brazos trigueños, y el verano daba paso al otoño y el frío se volvía parte de mí y el cuero del sillón que llevaba tantas historias puestas.

—Lo dices porque has tenido el mismo novio desde la secundaria— dije despechada—. Tú no entiendes que Mitchell es lo único que he tenido en mi vida que ha sido real, y me ha dejado por una pelirroja que modela desde los siete.

Rompí a llorar una vez más, con la imagen de él y Tessa en mi mente.

Aquel otoño fue tan triste que daría las gracias de que él no estuvo allí para verme de esa forma. Él siempre daría todo por verme feliz, y ahora se había ido y se había llevado junto a él toda mi felicidad. Mi efímera felicidad.

No creo que fuera posiblemente entendible por el mundo cuánto abarcaba mi amor por él, cuánto lo necesitaba, para sentirme bien, conmigo, con nosotros, feliz, sentirme como una persona. Tampoco creo que alguna vez superarlo u olvidarlo, y lo comprendí entre ese otoño y las semanas siguientes, cuando se apareció en mi puerta nuevamente, con los ojos de cachorro... Se había cortado el cabello, llevaba pantalones oscuros y una camisa azul a cuadros. Siempre había cuidado mucho su imagen, sin llegar a ser un chico engreído u ego maníaco. Simplemente siempre había sido lindo.

Yo iba descalza, despeinada, con una camiseta sin mangas y leggins cubiertos de los pelos blancos de mi gato.

—Hola —dijo él.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y me temblaron las rodillas.

— ¿Qué haces aquí? —pregunté, mi voz sonó más áspera de lo que hubiera querido.

—Dejé a Tessa —susurró.

—Oh —dejé salir, sorprendida. En mi mente ellos eran la pareja perfecta, se casarían en Las Vegas, serían felices por siempre y morirían juntos.

—Tú eres a quien quiero —dijo mirándome con una cara aflijida. —Tú eres a quien siempre he querido y he sido un tonto por no haberme dado cuenta antes... Te quiero de vuelta, y comprenderé si ya no es momento de volver, pero yo realmente...

No dejé que acabara y me abalancé a sus brazos desesperadamente. Lo llené de abrazos y besos y juró que nunca volvería a dejarme, y yo le creí. Y es que lo necesitaba tanto...

Dicen que cuando algo se rompe, nunca vuelve a ser igual, y aunque yo no era del tipo de persona que se dejara llevar por lo que los demás decían, decidí que lo mejor que podía hacer era volver a empezar como si nada hubiera pasado.


—No volverá a suceder. No quiero que me sigas. Quiero que me dejes en paz —dije, y en mi mente estábamos recostados sobre el césped escuchando música, un audífono cada uno, sosteniéndonos de la mano. —Estoy bien por mi cuenta. No te necesito.

Algo se apretó en mi garganta, amargo, mentir, pues lo necesitaba tanto como hace un año y más, y lo haría siempre.

Silencio.

Un silencio frío, cortante. Ni él ni yo dijimos nada.

—Está bien —acabó por decir luego de unos segundos que parecieron horas con el teléfono en la mano en el estrecho baño del avión. —Está todo bien.

Y la llamada se cortó, y fue tiempo de que me encontrara a mí misma sola nuevamente. Guardé el teléfono en la cartera y volví a mi asiento en el primer pasillo.

Por el altavoz se anunció el despegue, me ajusté el cinturón y me puse los audífonos. Iban a ser horas de vuelo sola y prefería no pensar en nada. Cerré los ojos y dejé que la música de YACHT me llevara a mi lugar feliz.

De pronto me alarmó el peso de alguien que se dejó caer en el asiento continuo al mío.

Fue una sorpresa, un acontecimiento, encontrarme con su cara.

— ¿Qué haces aquí? —pregunté totalmente confundida.

—Voy contigo —me respondió como si fuese obvio.

No dije nada, me removí el cinturón y me puse de pie.

— ¿A dónde vas? —dijo él, poniéndose de pie frente a mí.

—No voy a ir en el mismo avión que tú.

 —Cerraron las puertas, abordé de último momento.

Resoplé enojada mientras volvía a mi asiento.

—Cherry —susurró—, escucha...

—No quiero excusas. Ni mentiras. Ya tengo suficiente con que me hayas seguido hasta aquí.

Volví la cara hacia el cristal una vez más.

—Yo sé que me necesitas —dijo— tanto como yo a ti, quizás ni siquiera tanto. Te prometí que no te dejaría.

Me llevé una mano a la cara. De hecho así era, llevábamos años juntos. Siempre juntos, ante todo.

—No voy a estar bien sin ti —dijo— Sólo funciono si estoy contigo. Y sé que piensas lo mismo, cariño, podemos ser tan felices. Juntos.

Cómo podía. Cómo usaba las palabras que estaban en mi mente y reprimidas. Lo miré con los ojos vidriosos.

—No va a funcionar —susurré.

—Nunca lo ha hecho —dijo él.

Y estaba en lo correcto. Quizás disfuncional era como funcionaban las cosas para nosotros. No éramos perfectos, pero eso estaba bien. Podríamos vivir así. Hasta ahora, ya lo habíamos hecho.  







No hay comentarios:

Publicar un comentario