sábado, 9 de agosto de 2014

cuentos de amor que no pasaron II


Empieza con una sonrisa. Me miraste a los ojos por un breve momento mientras caminábamos el uno hacia el otro en el patio de la facultad. Los árboles murmuran en el viento. Algunas hojas caen. Nos perdimos en una multitud de gente pero está ahí está, veo tu cara y tú ves la mía e inclinas tu cara con los labios curvados hacia arriba con interés. Sonrío de vuelta sin pensar en tí. 

No por cinco minutos. Por la noche intento recordar tu cara, pero mi cerebro parece reemplazarla con la de alguien más. Me esfuerzo, pero no se vuelve real. Me pregunto si eres especial. Me doy cuenta de que he gastado demasiado tiempo soñando ota vez. Decido rendirme contigo. No funciona.

No por una semana. Vuelvo a verte en el café de la universidad. El olor a café llena el aire y estoy cálida en un suéter que compré el año pasado. Hay muchas conversaciones y se vuelven un zumbido de insignificante ruido. Te miro y conozco tu cara. Intento memorizarla. Tú no miras en mi dirección.

No por diez minutos. Para ese entonces tu estómago está lleno de pan de calabaza y en tu cabeza has repetido esa canción por horas. No recuerdas dónde la oíste y no logras captar la letra completamente. Suena una y otra vez y es mi nueva canción favorita.

Me despierto cada mañana pensando si voy a volver a verte. Recuerdo tu cara. Busco sin entusiasmo amigos en común en Facebook a ver si te noto. Me rindo luego de cinco minutos. Me recuerdo a mí misma no volver a levantar mis esperanzas. Decido dejar de pensar en tí. No dura.

No por dos noches. Me despierto demasiado temprano. He buscado en el teléfono en medio de la noche y presiono play en esa canción otra vez. Me acuesto despierta a las tres de la mañana, considerando mis sentimientos en el destino. Me duermo una vez más y despierto tarde para la clase. Corro fuera de la cama y maldigo en el tráfico. No llego a tiempo.

No por media hora. El profesor cerró la puerta y no deja entrar a ningún estudiante tardío. Me desvío hacia la biblioteca para perder tiempo. Te veo. El computador prendido hace ruído y está casi vacío. Es temprano y la mayoría de la gente tiene clases a esa hora. Miras hacia arriba. Tus ojos reconocen los míos.

Me siento en la mesa junto a la tuya y saco una novela para leer, es para clases. Desearía tener algo más importante para lucir mi personalidad. Me aclaro la garganta e intento mirar atentamente el libro. Pero estoy contemplando en mi vista periférica, intentando igualar mi respiración. No dices nada.

No por un minuto.

"Hola."

Mi corazón late rápido y siento la fría madera laminada de la mesa bajo mis manos. Huelo un muffin de desayuno en mi aliento. Te miro y te dedico una radiante sonrisa. No me besas.

No por dos semanas. Estamos viendo una película por la que los dos estamos emocionados. No decepciona. Tú sonríes y tomas mi mano mientras salimos, las luces LED brillan desde el suelo. El olor a palomitas y el sentimiento de un batido de frutilla mezclado con el enamoramiento se sienta en la boca de mi estómago. Te digo lo que pienso y me miras con interés. Nos paramos fuera y arriba brillan algunas estrellas. La corriente de gente pasa en un océano de opiniones mientras me miras a los ojos suavemente, amablemente. Las luces fluorescentes zumban con el vuelo de las polillas. Apartas el cabello que cubre mi cara y me besas. Chispas irrumpen en mi corazón. Mi sinapsis se dispara. Pero no te amo. 

No por seis meses. Estamos sentados en un muelle con sushi en nuestros platos. Tu abrigo me cubre y miramos al oceano mientras se pone el sol. Nubes de tonos color durazno pintan el borde del océano. Mis mejillas duelen de reír toda la tarde. Me miras y me encuentro tan contenta que podría explotar. Murmuras nuestra canción y una brisa suave jala mi cabello. 

"Te amo."

Tú no dices nada.

No por un segundo.

"Yo también te amo."

Nos besamos y abrazamos por un largo tiempo. Me siento soñar. Es un momento de pura dicha. Nos sostenemos de las manos cuando caminamos juntos. Nos preparamos el desayuno. Gemimos de noche, nos entrelazamos entre las sábanas. Vamos a los cafés. Gritamos en las montañas rusas. Vamos a Paris. Tokyo. Londres. No volvemos a casa.

No por tres meses. Arrastramos los pies en nuestro tapete de bienvenida, exhaustos. Dormimos mucho. Escuchamos la lluvia fuera. Comenzamos a temerle a la distancia de carretera entre nuestros hogares. Miramos platos y tazas que hacen juego. Hablamos del mismo esfuerzo que lleva levantar y bajar la tapa del inodoro. No nos mudamos juntos.

No por dos meses. Sudamos en el calor del verano. Discutimos sobre ventiladores y aire acondicionado. Nos acostumbramos a nuestros cuerpos. Comemos burritos congelados de desayuno. Acordamos una marca de café. Trabajamos más horas para hacer las cosas más fáciles. No tenemos sexo. 

No por dos semanas. Gritamos sobre lo que es reciclable y lo que no. No estamos de acuerdo si el papel de baño de una hoja vale la pena. Odiamos la marca de enjuague bucal. Caemos en la cama. Dejamos salir nuestras frustraciones. Hablamos toda la noche. Prometemos comunicarnos más. Aprendemos, en vez, a debatir. No peleamos. 

No por un día. Lo olvidamos. Volvemos a hablar. Volvemos a tener sexo. No nos enojamos.

No por un mes. Tu ex está de vuelta en la ciudad. Le va bien. Se ve increíble. La ves por un café para ponerse al día. Ella te quiere de vuelta. Estoy herida, pero no digo nada.

No por dos semanas. La has visto tres veces más. Cada vez te quedas más tiempo. Tenemos la peor pelea que alguna vez hemos tenido. No sabemos por qué no está funcionando. 

No por dos meses. No estamos de acuerdo en política. Tenemos diferentes metas. Te gustan los perros. Me gustan los gatos. Deberían ser setenta y cinco grados, no setenta y nueve. No quiero niños. Tú quieres tres. No rompemos.

No por algunos meses más. El amor se acaba. Queremos a otras personas. Nos enfadamos. Tenemos diferentes opiniones. Arrendamos la casa. Firmamos papeles. Decimos adiós. No hablamos de nuevo.

Ni una vez.

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