Me refriego los ojos, me duele el nudo que se sienta al fondo de mi garganta. No me importa, me repito mil veces cuando se trata de tí: no importa lo que yo quiera, no importa lo que me hace triste, no importa olvidar las ideas ideales, no importa que ignores, no importa. Me trago las lágrimas con los ojitos mojados, me limpio la nariz con la manga del polerón. No importa.
Para que seas feliz me olvidaría de mí misma, para tu comodidad te daría mi cuerpo, para tu calor me prendería fuego.
Me despierto, zapatillas, salgo, corro lejos, vuelvo. Me meto a la ducha y lloro. Estoy sola, estás lejos. Esperé hasta la tarde, no quería despertarte, esperé dos años, no quería molestarte. Me recuerdo a mí misma una relación abusiva del pasado. Ojalá fueras posesivo, ojalá fueras valiente, ojalá te rieras de la gente en su cara y no en su espalda, ojalá no te olvidaras de mí los fines de semana, ojalá aunque para usarme, me llamaras de noche. Duermo. Me despierto tarde, y sabiendo que es tarde me escondo dentro de la cama, pienso en mí. Pensar en mí es pensar en tí, porque no me siento propia, pero no me siento tuya por mucho que quiera serlo, no me siento mía ni en las manos de alguien más, en las palabras de los demás busco las tuyas, en sus camas sueño contigo. Despierto llorando, el llanto me desespera, necesito que repitas constantemente que todo va a estar bien, no quiero que preguntes por qué, digas lo siento y te quedes en silencio lejos, el silencio y la distancia me desesperan.
Y me encuentro desesperada.
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