Podría escribir con vulgaridad sobre cualquier tema, sobre cualquier experiencia podría ser hilarante, cualquier recuerdo podría poner en palabras para releer una y mil veces hasta superar.
Cuando todo es silencioso siempre lloro, lloro en las películas, en los libros, en las canciones, en mis propias palabras, la muerte no es mi fuerte y siempre lloro.
Tengo una amiga creyente, amiga dice: la fé está en uno, no en las veces que va a la iglesia ni en las veces que reza, Jesús -dice amiga- está en el corazón.
Yo siempre he creído en Dios, porque de chica me dijeron cree en Dios, y nunca dejé de creer. No creo en la iglesia, y quizás tampoco en los santos ni en el espíritu, no sé si creo en rezar y tampoco sé si creo en los milagros. Sé que si creo en la unión de la gente, y creo en los rituales y en la espiritualidad; me siento en silencio y recito de memoria los versos mientras me miro los pies, la gente se reúne al rededor de las flores a los pies del ataúd, ataúd que hace media hora estaba en el piso del living de la casa de mi tía, y yo sentada en el sillón mientras el muerto, tieso, yacía en su última cama.
Mi mamá dice que los muertitos, aunque sufran, una vez que se han ido encuentran paz, y por eso sus caras siempre están tranquilas; le creo, no porque mi mamá lo sabe todo, pero porque mi abuela se suicidó cuando mi mamá tenía trece.
El hombre parado junto al féretro tallado a mano tiene en sus manos un libro y un rosario, mamá se ríe despacito, se le olvidó cómo rezar el rosario, en mi mente le digo varias veces: no importa, Jesús está en el corazón, eso le diría amiga y amiga sabe de estas cosas, y espero que no se olvide, porque de un tiempo a esta parte he pensado en casarme algún día, porque cuando llegue su día o el de cualquiera voy a estar rezando de memoria con los ojos llorosos, las manos apretadas y mirándome los pies, pensando que no puedo ser vulgar, pensando que creo en la unión, pensando que creo que la gente que muere va a un lugar mejor que cualquier otro.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
Pienso en la Lala, desde que la Laura murió han pasado más de tres años, y aun cuando me acuerdo siempre lloro, pienso en su familia y pienso en sus amigos, pienso en cuando me acompañó en el hospital, pienso en todo lo que no pasó. Levanto los ojos, pestañeo rapidito, no quiero llorar; frente a mí está sentada la familia más cercana, los que vivieron con él y lo vieron morir después de almorzar y lavarse los dientes.
Cuando terminan de rezar el rosario completo son más de las diez, tengo frío y tengo un nudo en la garganta, voy caminando de vuelta a la casa pensando en la vida, en la muerte, en la vulgaridad y la espiritualidad todo al mismo tiempo, pensando en la Laura y pensando en don Pedro, pensando en mis viejos y mis abuelos, pensando en Dios y pensando en el cielo.
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