Tecleo en teléfono y pienso, cuatro años de mi vida y en la pieza estoy sola, colchón en el suelo, mochila en una silla, quedan las cortinas, la lámpara y el atrapasueños. Borro lo tecleado, lo escribo de nuevo, te confío lo todo, quizás demasiado; te digo: el único que ha estado acá por cuatro años eres tú. El pecho pesa con la verdad, ojalá no haberte dicho, ojalá decir valiente, todos los buenos recuerdos que guardan estas paredes me los llevo en la maleta. Pero no. No hay recuerdos buenos suficientes para llenar nada.
Tecleo en teléfono, me acuerdo de esa vez que pisé una uva, te has reído de mí por dos años. Literalmente.
Pienso, acá vino ése hombre a decir que ya nada era igual. Acá ya nada era igual y el hombre tenía razón, acá mamá se iba y yo lloraba de pánico, acá mamá volvía preocupada, acá mamá me llevaba al hospital, acá mamá me preguntaba qué pasó por mi cabecita, acá mamá perdía peso y no dormía, acá mamá me despertaba con seis pastillas, y esa no era la mitad de todas las del día.
Tecleo en teléfono, en esta casa me hice chasquilla y me corté el pelo. Me dijiste que te gustaba el pelo largo, y yo sabía, sabía que no te gustaba mi corte de pelo.
Tú dices que todo lo que ha pasado nos trajo hasta aquí, que he crecido, superado, que mire el presente, quién soy ahora; y pienso que sí, sí, sí, sí, tú tienes razón aunque no tengas razón cuando eres positivo.
Me siento pesada y nostálgica, aunque nostálgica no es la palabra, creo. O quizás siento nostalgia por todas las cosas que no logré vivir aquí, por todos los malos momentos que estas paredes encierran. Estoy intentando mantenerme calmada, estoy intentando pensar que la pasajera levedad que representa la casa nueva obstruye la falta de pertenencia, y así me mantengo feliz. Pienso, mientras estés aquí, quizás voy a estar bien. Quizás las cosas vayan bien.
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